
Alguien podría defender a PROCAMPO como instrumento justiciero y redistributivo. Se equivocaría. Aquí PROCAMPO incurre en otra perversión, quizá peor que la anterior. En un universo de 1.8 millones de unidades campesinas de producción, los subsidios de PROCAMPO representan cerca del 40% de sus ingresos totales. Visto de otra forma, PROCAMPO, en los hechos, sostiene económicamente actividades agrícolas de temporal de muy baja productividad. Aunque muchos lo nieguen o lo ignoren, el origen de la pobreza no es una supuesta distribución injusta del ingreso, sino la baja productividad de quienes son pobres. Por tanto, PROCAMPO es un anclaje para la pobreza sempiterna que se reproduce y transmite inter-generacionalmente en el sector rural mexicano, contribuyendo a su rezago migratorio y socio-demográfico. Las cifras del último censo están a la vista. Todavía, más de un 22% de la población total de nuestro país en 2010 habitaba en localidades rurales menores a 2,500 habitantes, y en términos absolutos, aún aumentó entre 2000 y 2010 a 24.8 millones de habitantes. En este decenio tendría que haberse reducido notablemente como pre-requisito de disminución efectiva de la pobreza. El agravante es que en México la población rural se distribuye de manera territorialmente muy ineficiente y dispersa, ya que ocupa el 76% del territorio nacional (OECD.2006. Rural Policy Reviews: México), aportando apenas un 2% del PIB. En buen castellano: mucha gente en el campo, poco productiva, con un impacto extensivo sobre el territorio y sus ecosistemas. Es claro cómo aquí se expresa una determinación tautológica de la pobreza extrema, y también, de la destrucción de los ecosistemas naturales, apuntalada por PROCAMPO.
Esto nos contrasta con países desarrollados, que han completado su transición migratoria y donde la población rural que depende de la agricultura alcanza generalmente sólo algunos pocos puntos porcentuales del total. Los subsidios de PROCAMPO (basados en superficies elegibles) impiden que los productores ineficientes simplemente abandonen esta agricultura – grillete de pobreza – aunque no cubran ni siquiera sus costos fijos. En otras palabras, PROCAMPO cubre las pérdidas de una agricultura en quiebra económica, social, demográfica y ecológica.
Por si fuera poco, los efectos distributivos de PROCAMPO son también perversos. Dado que los subsidios se entregan por hectárea y por ciclo agrícola, son los grandes propietarios de tierras de riego quienes reciben los mayores beneficios por persona. De hecho, casi el 30% de los recursos de PROCAMPO se concentra en sólo 3% de los beneficiarios. Sus reglas de operación prevén que los subsidios por persona y ciclo agrícola alcancen hasta 100,000 pesos. Por ello, en el caso de tierras de riego con dos ciclos productivos, el subsidio (regalo) para una sola persona puede ascender a 200,000 pesos anuales aproximadamente (¡!). La superficie máxima elegible por persona física es de 100 hectáreas de riego o 200 de temporal, y para sociedades mercantiles y civiles 2,500 de riego y 5,000 de temporal.
De mantenerse, PROCAMPO, debiera no sólo eliminar la condición de “explotación”, sino (¡blasfemia!) promover la restauración ecológica, y la emigración, educación y capacitación de campesinos para su inserción productiva en una nueva vida urbana.
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