miércoles, 31 de julio de 2013

El DF, socio del nuevo aeropuerto en Texcoco

Los símbolos importan, a veces aún más que los objetos reales. Un nuevo aeropuerto para la Ciudad de México es un símbolo, y también una necesidad cuya atención es cada vez menos aplazable.  Da igual que su localización en Texcoco sea contigua a la jurisdicción política del Distrito Federal. De todas formas, será el nuevo aeropuerto para la Ciudad de México, entendida como sistema metropolitano.  No hay lugar para celos parroquiales. Emprender el nuevo aeropuerto en Texcoco significará que nuestros gobiernos (Federal, del Distrito Federal, y del Estado de México) han recuperado capacidades directivas para ofrecer bienes públicos de alta graduación, que somos capaces de enfrentar desafíos  serios de coordinación metropolitana, de emprender y movilizar voluntades y recursos a gran escala para lograr beneficios colectivos; y que podemos dominar nuestras pulsiones de fracaso.  Simbolizará también, a ojos del mundo y de nuestra propia conciencia colectiva, lo que queremos ser. Será un emblema que plasme aspiraciones y las exprese objetivamente sobre el territorio para transformar la funcionalidad de nuestra  metropolitana ciudad. Sería un monumento creativo, un código de orden y estructura sobre el caótico valle de México, que comparten el Distrito Federal y el Estado de México. Querrá decir que de verdad asumimos el reto, y que ansiamos y podemos competir y emerger. Nos dará un nuevo rostro de confianza, apertura, modernidad, y ganas de hacer las cosas, sobre todo cuando el aeropuerto actual sólo transmite congestión, decadencia, humillación, mediocridad, ruina de lo público, y pestilencia; cuando ya no puede más servir con decoro a la ciudad y a México.
El nuevo aeropuerto en Texcoco es incompatible con el actual AICM por razones de espacio aéreo; tendrá que cerrar. Esto abrirá una oportunidad sin precedente para la Ciudad de México. Se trata de un terreno de más de 800 hectáreas que será súbitamente liberado y puesto a disposición del Distrito Federal. Las posibilidades  son casi infinitas para sembrar la nueva ciudad que siempre hemos deseado, para proveer de espacios públicos y áreas verdes, edificaciones cívicas, instalaciones educativas, vivienda,  y nuevos servicios a la población del oriente, la más desfavorecida en toda la zona metropolitana. Un gran proyecto de desarrollo en esas 800 hectáreas transformaría la estructura escénica de la ciudad, permitiría tejer inéditas alianzas público-privadas, generar nuevos ingresos fiscales al GDF, y mejorar espectacularmente la calidad de vida de gran parte de la población de la urbe. Es urgente empezar a imaginarlo. Doble dividendo para la Ciudad de México.
Ahora, no se trata sólo de un nuevo aeropuerto. Romper con la miopía y la  mediocridad en este caso es requisito de viabilidad y desempeño. El proyecto implica varias dimensiones que deben abordarse con una visión unificada. Desde la negociación con propietarios de tierras - con las complejidades políticas conocidas -, hasta las obras de gestión y acondicionamiento  hidrológico, de conectividad y accesibilidad vial y de  transporte público, de equipamiento e infraestructura urbana, y de restauración ecológica. Todas ellas en reforzamiento mutuo. Sobresale el imperativo de reconstruir una porción del ecosistema lacustre en el vaso de Texcoco, elemento indispensable tanto de regulación hidráulica como para un escenario de sustentabilidad  y de calidad  en las condiciones ambientales del valle de México.
Se requiere de un vehículo institucional ex-profeso para lograrlo; una entidad (¿Comisión del Proyecto Texcoco?) que coordine e integre tareas del GDF, Gobernación, Estado de México, SEMARNAT, CNA, SEDATU, SHCP, empresas participantes,  arquitectos y urbanistas,  consultores, y municipios.  No podrá emprenderse el proyecto sin el liderazgo necesario, y con los errores de visión, integración, y gestión política y social cometidos en el intento anterior. Y por supuesto, debe sumarse al GDF como socio del proyecto.


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